En teoría la esclavitud ya fue abolida, y nuestra declaración de derechos
humanos reza que “todos los seres humanos nacen libres”. Pero vivimos en un
mundo “nominalista”: de palabras más que de realidades. Y en situaciones así
quizá baste con abolir los nombres, sin tener que cam-biar los hechos. Que algo
de eso puede haber pasado con la esclavitud lo sugieren las siguientes
comparaciones.
1.- Propiedad del amo y propiedad del capital.- Antaño el esclavo era
propiedad de su dueño. Como éste solía ser un gran terrateniente no cambiaba de
residencia y el esclavo tampoco. Hoy en día el esclavo es propiedad del Capital
que, como todo el mundo sabe, es lo más móvil que hay y por eso el esclavo se
mueve mucho más. Es lo que llaman flexibilidad laboral: te mandan al desempleo
en el Sur y te ofrecen trabajo en el norte. La única diferencia es que antes, si
el señor cambiaba de lugar o vendía al esclavo, éste solía ir con toda su
familia (debió ser un resto de misericordia que se infiltró descuidadamente).
Ahora va solo. La mujer puede quedar esperándole, tejiendo y destejiendo, como
hacía Penélope en La Odisea de Homero.
2.- Alimentado y asalariado.- Antaño el esclavo era alimentado por el
amo y, como a éste le interesaba mantenerlo, solía darle al menos el mínimo
necesario para vivir. Hoy al esclavo le alimenta el Capital, a quien no le
interesa nada conservarlo pues lo puede sustituir fácilmente por otro. De ahí
que el salario no le llega ni para comida ni para casa ni para vestido, ni menos
para las tres juntas. Por ejemplo: según la Carta Social europea el salario
mínimo legal debe ser un 68% del salario medio de cada país.
3.- Derecho de pernada y derecho de “empleada” .- Ya se sabe que los
señores feudales tenían, respecto de sus siervas un “ius primae noctis” (derecho
a pasar con ellas la primera noche). ¿Qué cosas, eh?

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